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El estímulo perseverante de Dante Grela

Dante Grela multiplica sus proyectos como respuesta vital ante la incertidumbre covidiana mundial.
Un encuentro con el compositor, docente e investigador en medio de una primavera pandémica que lo encuentra activo a pesar de los distanciamientos.


Dante Grela absorbe el ambiente: el perro que ladra, el ruido invasivo del tráfico, el soplido del viento sobre los árboles, la charla y el canto de los pájaros que, desobligados de barbijos, suenan como siempre. Café cortado y alcohol en gel de por medio, el compositor y docente cuenta que situaciones así lo estimulan. La escena cotidiana que pasa desapercibida para la mayoría entrama ciertos retazos de expresionismo que pueden catalizar algunas ideas. Escribir música en bares era común en la vieja normalidad de Grela. Los elementos necesarios eran pocos: lápiz y hojas pentagramadas. Hoy la escena podría ser una oportunidad justa. Pero no está aquí para trabajar en su música. El plan de esta mañana primaveral es otro.

De entrada comenta que tiene el vicio de escribir. En ocasiones escribe música; en otras, sobre música. Sus pergaminos son muchos. Sin embargo, el prestigio que se desprende de una carrera excepcional no tiene demasiado peso en lo que realmente le importa a Dante, que pide que lo tuteen. A Dante le interesa estar estimulado. Lo fundamental es estar enganchando, tener siempre un proyecto donde  enredarse.

Pero volviendo a los pergaminos: además de los de compositor, pedagogo, docente e investigador, debería sumarse el de historiador benemérito. Ama el detalle, especificando con memoria prodigiosa una labor propia junto a la de sus pares, los docentes que lo marcaron, la gente que encontró en sus 79 años de vida y más de 60 de actividad musical y docencia.

Grela contagia pasión por aquello que atrapó su curiosidad bien temprano en la vida. Invita a jugar en su terreno con el deseo sincero de un niño que quiere un amigo que lo acompañe en la aventura. Desde la sencillez de ese juego eleva interrogantes que nos interpelan más allá de nuestra formación, bagaje cultural y data generacional. Las preguntas que Grela se hizo hace más de cincuenta años siguen resonando en la actualidad. Son las mismas que, a veces, nos quitan el sueño a nosotros. Grela, por su parte, todavía está buscando la respuesta.

I

Dante Gerardo Grela Herrera es compositor, docente e investigador. Nació en Rosario en 1941, hijo de los artistas plásticos Juan Grela y Haydée Aid Herrera. Creció en la zona norte de la ciudad, más precisamente en el barrio de Alberdi, concurriendo a la escuela Nº69 Dr Gabriel Carrasco. Se graduó en la Escuela de Música de la Universidad Nacional de Rosario y con estudios privados aprendió música electroacústica y composición con Francisco Kröpfl e instrumentación y orquestación con Wáshington Castro.

Es compositor de más de un centenar de obras como piezas corales, orquestales, de cámara y electroacústicas, entre otros campos. Escribió numerosos ensayos sobre pedagogía de la composición, análisis y orquestación así como también sobre la creación musical contemporánea de Latinoamérica. En su rol de investigador supo dirigir proyectos dedicados al estudio de la producción latinoamericana de los siglos XX y XXI.

En la actualidad Grela es uno de los pedagogos musicales de mayor reconocimiento en nuestro país y en Sudamérica, además de ser miembro del Colegio Latinoamericano de Compositores. Sus obras han recibido numerosas distinciones y han sido interpretadas en Brasil, Chile, Estados Unidos, Venezuela, Colombia, España, Austria, Alemania y Canadá. En diciembre de 2018 la Editorial Municipal de Rosario publicó un disco compacto doble titulado Obras electroacústicas y mixtas que puede descargase de manera gratuita en Bandcamp.

En un año complicado como es el 2020 Grela se encontró con alumnos de varios puntos del país mediante la plataforma Jitsi Meet. Algunas clases, incluso, en días y horarios temerarios: sábado, 8AM. Por más áspero que suene, cada encuentro es celebrado por el alumnado como un ritual necesario para seguir indagando en sus perfiles artísticos, absorbiendo los planteos de una enseñanza marcada por la búsqueda de una identidad propia que tome los recaudos necesarios para evitar caer en lo que Dante llama “la cajonera de la historia”.

Grela es apreciado por varias generaciones de alumnos que encontraron perspectivas diferentes gracias a su enseñanza. Siempre con los pies sobre la tierra, la figura del docente marca un antes y un después para los estudiantes. Eleva preguntas que resuenan en el aula o la plataforma de turno, apuntando consejos que tuercen rumbos ante consultas cuasi existenciales de parte de jóvenes profesionales graduados de la Universidad o Escuela de Música. Identidad, oficio, búsqueda, aprendizaje y entendimiento de nuestras huellas, pilares fundamentales de un Grela siempre activo.

El cariño y admiración que genera el Dante docente en sus alumnos se percibe de diferentes maneras. “Es generoso en todos aspectos. Desde lo referido a su cátedra hasta pequeños detalles como software de trabajo. Además funciona a otra velocidad, cuando el resto está llegando, Dante ya fue y vino dos veces”, comenta uno de sus estudiantes. Para ejemplificar, arroja un detalle de cosecha 2020: “Este año, cuando las clases empezaron a ser virtuales, justo estalló el lío de políticas de privacidad y venta de datos de Zoom, por lo que hubo que recular con su uso. Dante sabía de esa problemática hacía varias semanas, por eso ya había elegido el uso de Jitsi Meet, que es una plataforma de código abierto”.

Otra estudiante observa que Dante es apasionado y respetuoso. Tiene sus ideas y escucha las demás, sin bajar línea. En su apuesta a entender la historia, vuelve sobre la etnomúsica presentando una cosmovisión diferente que ofrece otras perspectivas necesarias.

“Está en todo. Tiene como 80 años y más energía que todos nosotros juntos”, bromea una tercera voz. “Le da cabida a la etnomúsica y algunas tradiciones que sobrevivieron desde un legado oral. Eso lo hace diferente. Piensa la identidad a futuro desde raíces que van más allá de lo concreto”.

II

Si bien los diez meses pandémicos le demandaron a Grela una precaución considerable, este dínamo de 79 años prefiere que el encuentro con RAPTO sea en persona, sugiriendo una reunión en la costanera centro. El Paraná parece un compinche fiel que lo acompaña desde temprano en su vida. Crecido en el viejo barrio Alberdi, Grela sabe que el río es una presencia imprescindible de su vida en la ciudad. Desde aquel panorama de balcón de Alberdi hasta el presente, la postal del río marrón no deja de hipnotizarlo. “Cuando empecé a recibir invitaciones del extranjero me encontraba con ríos legendarios, de esos que había escuchado o estudiado en la escuela, pero todos parecían poca cosa para quien conoce el Paraná”, comenta a propósito de incursiones por Alemania o Francia.

Grela parece disfrutar del desafío de una pregunta inesperada. Se ríe cuando le hablan de su carrera, aceptando el salto hacia atrás o hacia adelante. No le teme al ejercicio de revisitarse.

“Yo te contesto, vos después fijate qué te sirve”. Challenge accepted.

100 minutos más tarde, no hay dudas: Te embarca en un paseo donde identidad, oficio y enseñanza se enlazan con la historia. Es una mañana para llegar a su razón de existir.

Parte de las inquietudes del Grela joven y hambriento de conocimiento son las mismas que atraviesan un presente ad eternum. ¿Quiénes hicieron esto antes que nosotros? ¿Cuál es el rastro que me encuentra? Son problemáticas que insisten en lo cotidiano de una región que se precia de bastión cultural pero que, en parte sustancial, desconoce a sus propios hacedores.

Grela mantiene un posicionamiento latinoamericanista desde sus años de estudiante en la Escuela de Música hasta la actualidad. Es su forma característica de percibir el mundo. Su posicionamiento se debe, en parte, al hogar donde creció, a lo que escuchó, observó, leyó y entendió en la permeabilidad de los primeros años. La casa familiar es un punto de partida al que vuelve siempre. Sus padres son figuras fundacionales de su ética laboral, sus hábitos de producción y ciertas aproximaciones al quehacer. Al indagar sobre Grela hay un rastro preciso que siempre regresa a la casa de Juan y Haydée.

Se crió en un hogar con padre y madre abocados al arte plástico. Juan tuvo un pensamiento de izquierda durante toda su vida, incluso estando afiliado al Partido Comunista. “No tuve nunca un posicionamiento específicamente político, pero si me querés ubicar desde un pensamiento político, sería una especie de lugar de centro izquierda”, observa Dante, quien desde chico estuvo muy ligada a la actividad de su padre. Exposiciones, reuniones de pintores, conferencias, el pequeño Dante estuvo allí desde los nueve años.

Esa crianza lo marcó para siempre. Su entendimiento de su lugar en este mundo se desprende de allí: “Primero Rosario. Luego, el país. Más tarde el continente”.

La primera vez que Dante fue consciente de lo que habría de venir fue cuando tenía 22 años. Por entonces estaba estudiando en la Escuela de Música de la Universidad de Rosario (UNR). Un día recibió la visita de un grupo de representantes de la facultad de Filosofía y Letras. “Estaban haciendo un trabajo sobre la cultura Qom en el Chaco. Yo no tenía la menor idea de cosas así. Me vinieron a ver porque buscaban a alguien de música para sumar al equipo. Ellos ya habían hecho un trabajo de campo, habiendo viajado a Chaco y grabado en cassette material de la música Qom. Me pasaron una copia en cassette que por entonces era lo más ultramoderno. Me acuerdo que me atrajo. No entendía un corno, nunca había escuchado música indígena. Esa fue mi entrada”.

Con ese grupo, eventualmente, no pasaría nada. Se frustraron los planes de viajar a Chaco para recopilar música. Sin embargo, la curiosidad de Dante estaba signada por el universo que se había manifestado de una manera casi casual. Grela quería más.

En la Escuela de Música aparecieron interrogantes que lo llevaron a activarse. Las preguntas partían desde la primera persona, fue un proceso de interpelación que marcaría todo lo que iba a venir. “¿En Rosario hubo otros compositores antes que yo? ¿Quiénes vinieron antes que yo? ¿Por qué no los conozco?”, recuerda. No quedaba otra más que ponerse en marcha. Tenía que responderse las preguntas.

El joven Grela llevó su planteo ante Ema Garmendia, por entonces, la directora de la Escuela de Música de la Universidad. “Ella era tucumana, hizo un doctorado en Estados Unidos y volvió para presentarse a un concurso y entró a la dirección. Ema realmente dio vuelta todo el pensamiento, lo actualizó como nadie”, señala Dante.
Garmendia fue receptiva ante la inquietud de Grela, inmediatamente inventando la División de Investigaciones Pedagógico-musicológicas. “Allí pude empezar”, dice, rápidamente aclarando que más allá del imponente nombre de la División, se trataba de una actividad totalmente ad honorem.

Me entusiasmé cuando empecé a ver lo que había acá. Era el año 62 o 63, por entonces había conservatorios de música, de esos que tenían placa en la puerta: Conservatorio Beethoven, Conservatorio Chopin, todos con nombres de autores europeos. Tomé contacto con los directores de dichos conservatorios y empecé a vislumbrar un pasado sobre la creación musical en Rosario que desconocía. A nuestra ciudad habían venido una serie de músicos, sobre todo italianos, muy bien formados que habían puesto sus conservatorios. Allí enseñaban de todo: composición, instrumento, teoría, solfeo. Eran tipos que tenían muy buena formación, que componían. Descubrí nombres como Juan Bautista Massa, José y Humberto de Nito o Jacinto Ortigala”.

Grela comenzó a trabajar a partir de eso y para 1969 estaba abocado a visibilizar un derrotero regional cuando recibió una carta desde la Universidad de Tucumán. Estaban buscando profesor de armonía, contrapunto, análisis y composición. Dante se enganchó con la propuesta y aceptó. “Me fui un mes de febrero al veranito tucumano”, comparte con risas a propósito de las altas temperaturas.

Manteniendo sus investigaciones en Rosario, Grela viajaba a Tucumán cada quince días. En el norte argentino, entre clases, conoció a quien es su esposa hasta hoy, Ana María Correa.

“Ella es salteña y pianista. A través de ella me conecté con Salta. En la década del 70 recibí un llamado de la Escuela de Música de esa provincia para ser parte del cuerpo docente”, cuenta.
En Salta, sobre 1973, comenzó a bucear en los registros autóctonos de la baguala. Inmediatamente esa data se conectó con aquella experiencia de los Qom. Todo iba adquiriendo más sentido para un Grela que empezaba a delinear un horizonte cada vez más amplio. Su curiosidad ahora abarcaba otras regiones, más provincias, nuevos lenguajes y había mucho por descubrir.

La recién creada Universidad Nacional de Salta ofreció al docente dirigir el área de investigaciones en música. Ahí armó un equipo para estudiar músicas indígenas. Imposibilitados de hacer trabajo de campo, se enfocaron en lo que estuviera  más cerca, por ejemplo, el carnaval calchaquí.

Lamentablemente, esa hermosa apuesta no duró demasiado: “Estábamos en pleno trabajo y chau, vino la Dictadura. Un día llego al Instituto de Arte y Folklore de la Universidad de Salta y viene un tipo a ordenarme que fuese al patio a entonar el himno e izar la bandera porque al capitán no sé qué lo habían designado rector. Me fui para la calle y eso se terminó. Se cortó todo en Salta”.

La desazón fue considerable, pero la experiencia le había dejado conocimientos al igual que los proyectos previos. El interés de Grela se fue incrementando al mismo tiempo que iba tomando conciencia. Al principio su entusiasmo era enorme, sin haber un por qué demasiado evidente. Para el 76, deseo e interés estaban bien claros y manifiestos. “Desde entonces no lo largué nunca más”, declara con certeza.

III

En 1974 recibió una invitación desde Uruguay para participar en un congreso de música. Fue la primera vez que salió del país, además de la primera invitación formal por su trabajo. En los días del congreso, conociendo colegas y escuchando con atención cada ponencia, surgió la posibilidad de ir a Brasil.

Al instante en que menciona a Brasil, Grela toma una pausa en su verborragia. No se trata de una pausa dramática, es un segundo de respiro, una especie de preámbulo a una hermosa etapa de su vida, repleta de descubrimientos y estímulos. El vecino país le inspira un sentido cariño y una admiración enorme. “Descubrí toda su riqueza cultural. Brasil se hizo mi segundo país”, comparte con emoción. “Mi base fue Minas Gerais pero luego llegaron invitaciones de Porto Alegre, Río de Janeiro y Bahía”.

De esa forma, se completó el círculo: la mente de Grela se abrió a lo latinoamericano. El rosarino fue consciente que teníamos un continente con un potencial creativo enorme, desde las músicas indígenas hasta la producida en el campo de la música académica desde la colonia hasta el presente. Esa perspectiva de las posibilidades de nuestro lugar devino en la posición político-musical que caracteriza a Grela hasta hoy. Es la misma por la que puja en todo momento y donde tenga la oportunidad, sea una entrevista o un congreso con colegas de todo el mundo.

“Tenemos un panorama enorme, de capacidades fantásticas y de gran calidad”, señala. “Hay que ver, con nuestro pensamiento fundamentalmente eurocentrista, dónde terminamos. A mis amigos de composición les digo que si no mueven su pensamiento hacia otra dirección van a escribir música para terminar como la de todos los compositores que nos antecedieron: en los cajones del olvido”, reflexiona.

Desde principios de los 70 Grela brilla en varios frentes. Enseña, compone, investiga y viaja. Su curiosidad sigue insaciable. Haciendo las veces de antropólogo, buceando en tradiciones que sobrevivieron como un legado intimista, de padres a hijos, Grela completa su tiempo en la vanguardia electroacústica. A la par de esas actividades, las propuestas del exterior siguieron llegando.

“Durante las décadas del 70, del  80 y poco del 90, en todo festival latinoamericano de música contemporánea al que haya ido, el tema de la identidad cultural era una constante en las ponencias de los compositores latinos”, evoca Dante, mientras su rostro gesticula un pero que se anticipa irrefrenable. “De repente, vino la globalización y todos nos olvidamos de ese tema”, dispara, escéptico.

El compositor no espera la llegada de una pregunta, se anticipa. Al tema de la identidad cultural parece haberlo repasado mil veces dentro de su cabeza.  “Creo que somos un continente histórica y socialmente hecho de rupturas y de quiebres constantes. No tenemos una historia que sea lineal. Para nosotros el quiebre es fundamental”, reflexiona.

Los purismos estilísticos ya no tienen ningún sentido”, arremete Grela. “Ni atonalismo, ni minimalismo, ni tonalismo, ni maximalismo, cualquier ismo, lo que sea. Nuestra característica cultural es la de ruptura, es la de mezcla, es la heterogeneidad.  En mi música simplemente coloco lo que necesito. Hay pasajes en los cuales recurro a técnicas del siglo XVI o donde coloco material étnicos, trato de integrarlo. Esa es mi postura ante quienes creyeron encontrar la fórmula de la identidad cultural latinoamericana”.

De acuerdo a Grela, para muchos compositores de la actualidad la identidad cultural latinoamericana pasa por hacer minimal music, una música repetitiva. “Creen que porque en la música indígena aparece lo repetitivo, hacer música repetitiva es hacer música con identidad latinoamericana. Son macaneos. No coincido”.

Para el compositor, la identidad es algo que va mucho más lejos que los lapsos temporales de la vida de una persona. Pretender lograr una identidad cultural en apenas una década es un error, una pretensión forzada de la no quiere formar parte.

“No puedo, ni pretendo, ni me planteo, hacer una música que tenga a nivel consciente una identidad  particular que sea diferente de las otras. Eso se da a través de mucho tiempo. A lo mejor, dentro de cien años hay una creación musical latinoamericana que, al analizarla, se descubre que tiene características muy particulares que no son las de esa música. No se llega a una identidad por imposición o porque me lo proponga”, observa. “Debemos mirar y estudiar todas las músicas que nos intercedieron acá: conocer a nuestros padres y abuelos musicales; desde la música indígena a la música producida en la época de la colonia, tenemos ver qué se hizo acá”, insiste.

Para hacer hincapié, Grela ejemplifica con compositores a los que considera valiosos a pesar de sus diferencias tajantes: “Al principio del siglo XX aparece el dodecafonismo, una técnica vanguardista del austriaco Arnold Schönberg. El compositor Juan Carlos Paz fue el introductor de todo ese pensamiento vanguardista europeo porque era su tradición. Sobre la identidad cultural Paz no quería saber absolutamente nada. Yo soy nieto musical de Paz porque estudié con un discípulo suyo, Francisco Kröpf. Paz adoptó el dodecafonismo, con obras muy importantes escritas en ese sistema. ¿Qué ocurre cuando se enseña dodecafonismo en una carrera de composición o para instrumentistas? Se analiza solamente a los compositores europeos, no la de decafonistas de acá. Puede pasar que mucha gente diga que Paz hace un dodecafonismo replicado del modelo europeo, pero yo me planteo lo siguiente: si un analista europeo analiza el dodecafonismo de Paz va a decir que está hecho con errores. Si yo los miro desde otro punto de vista esos errores pueden ser características particulares del dodecafonismo practicado acá. Si lo tomo como características particulares y quiero hacer dodecafonismo y me baso como trampolín en Juan Carlos Paz en lugar de volver siempre a Arnold Schönberg, quizás en cien años podamos tener otra visión”.

Según el compositor rosarino, una toma de conciencia real sobre el fenómeno de identidad cultural es saber apreciar lo que hacemos en la actualidad y lo que se hizo antes.  A partir de ahí puede que se produzca esa situación identitaria y que eventualmente, en un tiempo imposible de estimar, haya una música de latinoamérica que suene diferente de otra.

IV

Con cada nuevo timeline que Grela abre queda claro algo: su vida se conjuga en presente y futuro. El pasado no está cerrado ni enterrado, sino que está dialogando tanto con el ahora como lo que está por venir. Los libros están escritos y escribiéndose. Las obras están haciéndose.

Dante trabaja bajo un contrato tácito con el estímulo. Además de la docencia y su música, traza la realización de proyectos junto a  instituciones. La mayoría de las ocasiones la iniciativa es suya, aunque los llamados y los mails siguen llegando, con el compositor mostrándose receptivo, sabiendo elegir. Además de tener alumnos en Rosario y en Mendoza (ciudad a la que viajaba quincenalmente  antes de la pandemia) existen proyectos que lo tienen ocupado para los próximos cinco años. “Puede que termine antes, ojo” comenta sabiendo que entre lápices, mañanas y muchas horas de enfoque cumple con sus metas.

En el presente se enfoca en un proyecto de cinco volúmenes de Piano Contemporáneo: estudios progresivos, que según su descripción “son ejercicios que van de muy sencillo a muy difícil”. El primer volumen (agotado) está basado casi todo en la baguala de los valles calchaquies y fue publicado por la editorial de la Universidad Nacional del Litoral.

Durante 2019 Grela recibió una propuesta para publicar los volúmenes restantes en formato digital. Completar ese trabajo es una idea fija que mantiene desde hace tiempo. En concreto, quedan por delante 150 estudios: tiene que componer cada una de esas 150 piezas y luego hacer los libros. Mirando hacia adelante con calma, estima que en un año podría terminar el trabajo. “Me estoy metiendo con alegría en este despelote”, concluye sonriendo, mientras termina su café.

El profesor comienza la jornada desde temprano, disfrutando del amanecer. Le gusta ver salir el sol, encontrarse con la ciudad despuntando al día. Desde las 6:30 está despierto, practicando una hora completa de yoga, para luego desayunar, bañarse y encarar el resto de sus actividades. Su jornada laboral -alguna clase a la distancia o sentarse a escribir- arranca alrededor de las nueve.

No hay un Método Grela para encarar el quehacer cotidiano. Se entrega a la fuerza del hábito y construye día a día. Si está enganchado con el proyecto que lo ocupa y tiene necesidad de levantarse a las 5 de la mañana, lo hace sin darse aires de cruzado de una misión sagrada. Es simplemente una entrega laboriosa. “Soy muy apasionado”, confía. “La necesidad de terminar algo me mueve mucho”, señala con una sonrisa cómplice.

En ese sentido aclara que no es noctámbulo. Prefiere la mañana, desde siempre. Necesita la compañia del sol. Dar clase hasta bien entrada la noche supone un padecimiento. Tampoco escribe música de noche.

“Hago las cosas por una necesidad personal, fundamentalmente”, detalla. Seguidamente arroja una máxima que lo define en toda circunstancia, desde la respuestas a esta entrevista a la travesía de 150 ejercicios para piano: “Lo que me entusiasma, me gana. Lo que no me entusiasma, no llega a ningún lado”.

Grela tiene una marcada influencia de sus padres en cuanto a la concepción del quehacer creativo como un oficio. En una familia que aprende de generación en generación, hay rigurosidad en cada una de sus actividades más allá de las diferencias. El arte plástico de Juan y Haydée, la música de Dante o el diseño gráfico de su hija Valeria demandan dedicación. Las enseñanzas van pasando, las devoluciones con constantes, el crecimiento llega a la par del compromiso y el estímulo.

En 100 minutos de conversación la palabra oficio se repite de manera constante en la boca de Dante. “A mis alumnos nunca les hablo sobre creatividad, les hablo de oficio”, confía.

El experimentado maestro no habla de artistas iluminados o tocados por un rayo llegado desde el parnaso. Tampoco cae en la arrogancia o pretensiones de elevación que son comunes en el mundo académico. Tanto su cabeza como sus pies están bien sobre la tierra. Para Grela la música clásica, las corrientes electroacústicas, las vanguardias de diversos ismos o la música étnica no se ubican por sobre el resto. Prefiere obviar los pedestales discursivos que, en ocasiones, proliferan por allí.

Si invoca la palabra talento lo hace para aparejarla al trabajo, a la acción de sentarse una y otra vez a la actividad en cuestión. Dante confía en la constancia del trabajo, en pulir los detalles. Al igual que el maestro Miyagi, Grela que la clave es el balance. Por sobre todo, el hábito del oficio permite conocer fortalezas, aciertos y falencias de uno mismo.
“Creo al ciento por ciento, en el oficio. Si no desarrollás un oficio en cualquier actividad artística o lo que sea, un oficio lo más profundo y depurado posible, por más talento que tengas puede ir para cualquier lado”, comparte.
El tema del oficio es fundamental para Grela. En sus clases de Composición Grela enseña oficio desde una perspectiva real, con los pies sobre la tierra. A través de los años, en contadas oportunidades Grela fue consultado por estudiantes o colegas recién recibidos con preguntas sobre cómo encarar la carrera de manera práctica, sobre cómo salirse de la abstracción para ir hacia la acción.

“Hoy en día, el oficio se deja de lado en la enseñanza de composición y en muchos otros campos, lamentablemente”, observa con cierta resignación. “Se deja muy de lado y uno escucha cosas que son unos macaneos insignes. Conocí egresados que no fueron alumnos míos que no saben qué hacer. Siempre fui sincero. Clases no les puedo dar porque tendríamos que empezar todo de cero, directamente. Consejos no sé si tengo. Hay una cosa de mala formación, bajo el caparazón, que es una posición muy contemporánea de la enseñanza y eso para mi es no formar”.

“Componer es entregarle al otro lo que uno tiene dentro su cabeza”, afirma. “Si tenés un oficio sólido como debe ser y tenés buenas ideas dentro de tu cabeza, porque tenés que tener ideas, eso sería el talento o la condición, vos lo que vas a saber es traducirlas y poder sacarlas para compartirlas con otro. Si tenés un buen oficio las vas a traducir lo más fielmente posible, si tenés un mal oficio, no”.  Asimismo Grela advierte que ante ideas que son fuleras o “medias medias” el oficio ofrece un proceso de profilaxis que enseña a reconocerlas y desecharlas.

Juan Grela creía profundamente en el oficio y su único hijo heredó ese mismo norte. De la casa familiar de barrio Alberdi, Dante recuerda crecer entre lecciones que venían como hábitos. De las formas y costumbres de su padres se dejó impregnar, llevando sus enseñanzas a sus propios senderos. Ante las preguntas que gatillan recuerdos precisos, se ríe con algo de ternura, volviendo el tiempo atrás, abriendo la puerta de días de niñez, adolescencia y juventud ya entregado a la música.

Creciendo entre pinturas, muestras y artistas, su curiosidad siempre estaba bien estimulada. Los libros fueron la otra gran aventura de su crianza. Algunos autores, incluso, llegaron a sus composiciones, tal es el caso de Oliveiro Girondo y Adolfo Bioy Casares.

Además de Girondo, Grela siente una especial predilección por la obra de Roberto Arlt. Todavía inconcretas, en algún momento llegó a imaginar una ópera sobre Los siete locos y Los lanzallamas.

Referirse a Arlt es volver al terreno del oficio. El escritor argentino simboliza como pocos el cruce del oficio y la entrega casi desbocada en contraposición al talento o la iluminación del artista del Parnaso.

La ópera sobre Arlt tuvo un inicio. Grela escribió varias páginas de ese libro, pero después quedó todo en la nada. Antes de esa aventura frustrada, incluso entró en contacto directo con Mirta Arlt, hija del escritor, periodista e inventor. Encontrando una comunicación fluida a través de los llamados telefónicos, Mirta dio total aprobación al proyecto, asegurando que iba a tener la autorización necesaria. A pesar de la buena predisposición de las partes, pronto el proyecto se estancó.

Grela abre las manos al escuchar el nombre de Arlt, es un gesto que abraza la bienvenida. El sinsabor del proyecto no concretado no hizo mella en su pasión por el autor de El Jorobadito. Quizás la puerta no esté cerrada definitivamente y algún haz de posibilidad pueda colarse en el futuro.

“Arlt es un expresionista, sin dudas. Así como en la música me atrae mucho el expresionismo y la escuela de Viena, particularmente Alban Berg con óperas Wozzeck y Lulu. Arlt va por ese lado”, cuenta. “Sé que mi música tiene cosas de ese tipo. Mi música muchas veces no es abstracta, sino que tiene alusiones concretas que me las genera el paisaje y el lugar. Nosotros estamos acá y ese ruido de la calle, los pajaritos junto a los árboles, todo me genera ideas. Siempre hay una cosa que es dramática. Arlt tiene todo eso, por eso me atrae”, concluye.

Girondo tiene una cuestión del misterio de la existencia que es algo que me fascina”, observa Grela. “Por eso utilicé y seguramente seguiré usando más textos suyos. Esa doble cosa drámatica-expresionista que tiene mucho que ver con el tema existencial, todo ese misterio poético”, agrega dejando en claro que también existen posibilidades de seguir indagando en su pasión por el poeta.

Grela vuelve sobre el cassette que recibió a sus 20 años con música indigena que resultó un disparador para todo lo que habría de venir. “En ese momento era tecnología de punta”, comenta sin nostalgia.

Ciertamente la tecnología supo avanzar sin pausa en el medio siglo que transcurrió desde entonces. Frente a él un teléfono móvil registra la conversación así como también captura fotografías del encuentro. Es el mismo dispositivo con el que se puede leer gran parte del material bibliográfico que atañe a Grela, al igual que los estudios que llevan su firma. También, por supuesto, podemos escuchar sus composiciones en diferentes formatos de audios o elegir la reproducción del material desde alguna plataforma de streaming o YouTube, donde lo encontramos como protagonista de varios documentales. Sí. La tecnología cambió desde aquellos tiempos en que recibió el cassette.
Con la multiplicidad de opciones que posibilitó la revolución digital, la era de la información revolucionó nuestros hábitos de manera definitiva. El acceso llegó aparejado a la dispersión. Ya casi nada fue igual. El mismo móvil que graba la fluidez de Grela también es una ventana inoportuna que, de no silenciarse, crea distracciones mediante mensajes, llamados, memes y todo lo que uno pueda pensar. El acto de leer, escuchar música, mirar cine y tantos otros hábitos están yuxtapuestos por otras actividades que fragmentan nuestra atención logrando un nuevo equilibrio de concentración.

Mientras que la tecnología supo revolucionar los hábitos de consumo y producción cultural por todo el mundo, Grela destaca que su relación con ella se mantiene igual que siempre: la tecnología es una herramienta, un medio para plasmar lo que siente uno dentro de su cabeza, otra parte importante del proceso de traducción hacia el otro.
“Mi relación con la tecnología es muy buena tanto que la maneje yo y sea una herramienta, no al revés”, afirma un compositor que en seis décadas de carrera supo apreciar un desfile de parafernalia considerable al ritmo de los avances concernientes al ámbito musical.

Grela tuvo una formación que lo encuentra con un pie de un lado y uno en el otro. El Dante compositor y vanguardista rosarino de la música electroacústica puede escribir y desarrollar por sus propios medios. Usa la tecnología porque le viene práctico y lo hace más rápido.

“Hago música electroacústica desde mi primer trabajo en 1968. Entré cuando era una época analógica, trabajábamos con osciladores que eran unos aparatos enormes, todo conectado con cables. Después, tengo mi pie en lo digital, fue llegando la computadora con programas de generación de sonidos y editores de audio. Me resulta gracioso que cuando tengo un error, se me mete un click al que tengo que cortar, abro con el editor, lo corta y es un segundo. Con la cinta magnética, había que poner el rollo, ir corriéndolo hasta encontrar el click, se marcaba con un lápiz especial, lo sacabas, lo ponías en la empalmadora y lo cortabas con una gillette para unir todo y después volver a escuchar”, recuerda con una sonrisa.

“El Sibelius es un software para escribir música. Cuando los alumnos, especialmente los de primer año, me traían trabajos, leía las partituras y encontraba que habían escrito directamente en Sibelius. Lo que aconsejo es que se escriba arriba de la mesa. He trabajado mucho en bares, con papel de pentagrama, lápiz y goma sobre la mesa. Alguna vez con algún pequeño teclado”, comparte. “Una vez que termino de escribir toda la obra, entonces la digitalizo. Raramente uso el programa para escuchar. Los alumnos iniciales escriben con el teclado de la computadora o un midi. Ingresan y escuchan. La imaginación no la desarrollan así. Si un día se les corta la corriente ¿cómo hacen para escribir la música?”.

Dante no le teme a la dispersión. A diferencia de otros colegas que ven allí a un fantasma que atraviesa todos los ámbitos creativos, opta por mantener una perspectiva que está abierta a la posibilidad. De nuevo, oficio e identidad, aparecen en escena: “Vivo en la Argentina, que es un despelote continuo. Si yo viviera en Estocolmo, sería todo diferente, pero no vivo en Suecia, vivo acá. Dentro del acá, también tengo la opción de dejarme sumir en ese despelote que es toda la historia social, política, religiosa, económica de mi país o  ser parte de eso, pero tratar de no estar comido por eso, sino de mantener una cierta autonomía. Sé que me va a influir, sin dudas lo hace en el campo de la expresión artística. Esas características de nuestro lugar están influyendo en la forma en que hago música”.

Grela hace un salto en el tiempo a su infancia sobre bulevar Rondeau. En una época, sobre la esquina de Vila y Rondeau, en la misma casa familiar, Juan tenía su peluquería con la que mantenía a familia. Mientras tanto, seguía con sus dibujos, pinturas y grabados, al igual que su esposa.

Con el paso de los años, ya con una mayor visibilidad de la obra de su esposo, Haydée sugirió cerrar la peluquería para abrir una librería que podrían atender entre los dos. Como siempre, el pequeño Dante estaba allí, percibiendo cada uno de los movimientos y decisiones de sus padres. “Al frente estaba la peluquería y luego la librería. Más atrás había un hall donde él pintaba”, recuerda Grela. “Mi padre pintaba entre los clientes de la peluquería. Entonces él pintaba por unos diez minutos, entraba un cliente, lo atendía, volvía y retomaba”, señala a propósito de hábitos de trabajo y lo relativo de la dispersión.

Juan murió en noviembre de 1992. Haydée apenas cinco meses más tarde. Durante muchos años sufrió problemas cardíacos y Juan estuvo a su lado, atendiéndola siempre. Grela destaca que en esos últimos años de vida se repetía la dinámica de trabajo de su padre. Se despertaba bien temprano, pintaba en su caballete por un rato, llevaba a Haydée al médico, la ayudaba durante el día. Volvía a pintar, quizás, recién a la noche. En ese sentido, Dante observa: “Yo hago música cuando puedo, lo sé”.

Encontrando el tiempo preciso para componer alrededor de sus deberes como docente, Grela sigue adelante. Tiene decenas de ideas en la cabeza o anotadas en cuadernos. Además, por supuesto, una lista de asuntos pendientes de los que nunca se olvida. “Me comprometo también a proyectos que nunca sé si voy a terminar” , comenta sonriendo con complicidad. “Además tengo otras ideas que van saliendo. Creo que el futuro está más abierto cuando hay proyectos. Eso sí, voy a tener que levantarme temprano”.


Esta entrevista apareció originalmente en Rapto (01/12/2020).

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