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Aleatorismo y happening en la Música Venezolana

Adina Izarra
25-01-2009 9:24 pm

Este trabajo ha sido publicado en http://www.lorfeo.org
(Noviembre de 2008)

Cada año me corresponde tocar el tema del aleatorismo como parte de los cursos de análisis y repertorio del siglo XX que imparto en el programa de Maestría en Música de la Universidad Simón Bolívar de Caracas.

Vienen a la mesa partituras gráficas: Busotti, Cardew, sistemas modulares: Berio, Brouwer, nuevas notaciones. Sin falta guardamos religioso silencio durante 4’ 33’’ para degustar la experiencia Cageiana y escuchar el universo. Por modulación directa esto nos lleva a los happenings de los años 60 y es aquí donde el joven músico venezolano se siente siempre sorprendido, por la sencilla razón de que no lo encuentra nuevo: hacer música en Venezuela tiene un alto contenido de aleatorismo.

He disfrutado de numerosas ocasiones en las cuales se produce espontáneamente un “happening” en concierto, de una manera que sería sumamente difícil su producción en otras latitudes mucho más versadas en estas experiencias contemporáneas. De tal manera que mis alumnos, acostumbrados a estos acontecimientos se ven muy desilusionados al escuchar mis relatos de cómo se rompía con el estatus en los años 60 en Europa y USA y como mucho de lo que aquí vemos es hoy día catalogado como una tendencia artística producida y concebida adrede.

En los años 70 el Aula magna de la Universidad Central de Venezuela (UCV) era el centro para la música sinfónica, con sus tradicionales conciertos de los domingos en la mañana, que aún siguen siendo un punto de referencia para la música clásica. En aquellos entonces vivía dentro del Aula Magna un perro, criollo él, blanco y negro, recuerdo, un poco peludo y como perro de la calle siempre un poco sucio. Pero ese perro dentro de la sala de conciertos no molestaba a nadie! Por qué lo iban a sacar! Se volvió rutina que los domingos él escuchaba sus conciertos sinfónicos con la comunidad musical caraqueña, y adquirió un fantástico hábito de una vez terminada la obra subía al escenario y al ritmo de los aplausos el perro giraba rápidamente, ocasionando la algarabía del público, del director y de la orquesta, que al darse cuenta que eran los aplausos lo que lo excitaba aplaudía más duro aún y el perro giraba en éxtasis absoluto. Yo recuerdo vívidamente al perro girando y al director y a los miembros de la orquesta volteando de lado con una gran sonrisa en adoración al “Performer”.

Paralelo a esta época producía el compositor venezolano Ricardo Teruel sus happenings: “Irrelevancias” para piano solo, “Brindis” para piano y copa de martini, que sin duda cumplían su función de sacudir a la audiencia a la manera estilada en los países desarrollados, pero a mi, entonces adolescente y nueva a todas estas tendencias, se me confundía con lo del Aula Magna. Sin embargo disfruté profundamente mis sorpresas con la teatralidad de Teruel y sus cuestionamientos de la importancia del arte en esta sociedad, de una manera como jamás otro compositor me ha vuelto a sacudir.

Llegó por esos años a Caracas, de vuelta de Nueva York, Alfredo del Mónaco, entonces de unos 40 años, quien me aclaró que efectivamente muchas de las cosas que veíamos aquí como indisciplinas organizacionales (un perro en un sala de conciertos) eran objeto ya de estudio de los académicos de las nuevas artes en Nueva York y Europa. Me habló de John Cage y su entorno, del aleatorismo y el happening. El también disfrutaba enormemente del happening venezolano y me lo señalaba constantemente, Alfredo siempre ha sido un gran maestro.

En los años 90 en Los Teques, capital del Estado Miranda, a una hora de Caracas, realizaba un concierto el Maestro Rodrigo Riera a dúo con su hijo Rubén Riera, el concierto contemplaba repertorio tradicional para dos guitarras: Sor, Scarlatti, obras originales del Mtro Riera y culminaba con tangos argentinos versionados en arreglo de los intérpretes. En medio de uno de los tangos el propio director de sala irrumpió desde el medio del público y decidió cantar a todo dar la letra del tango que en ese momento versionaban a dos guitarras, los intérpretes sorprendidos se deslizaron hacia la cadencia y culminaron ese tango. Satisfecho el cantante, el concierto continuó sin mayor sorpresa del público-que se preguntaría si eso estaría pautado! Al final con gran sonrisa el cantante se acercó a los músicos a explicarles simplemente “no me pude contener”, así de simple. Cuánto hubiera ensayado Luciano Berio para producir una obra así y sobre todo que el público no supiera si era parte de la obra.

En los festivales que regularmente organiza en Caracas el Mtro Alfredo Rugeles, de música contemporánea, con énfasis en latinoamericana, no es muchas veces necesario organizar eventos de happenings! Ellos vienen solos. En un recital de piano en la sala del Ateneo de Caracas, una vez entrada la joven pianista, hizo gestos y maniobras que dieron a entender al público que no tenía suficiente luz para leer la seguramente intrincada partitura contemporánea. De inmediato a toda voz desde el público, surge un tenor lírico, sin duda entrenado, en doble forte: “Luz para la niña!!” lo cual produjo en los galanes del público un impulso inmediato a treparse al escenario, a brincos, sin usar las escaleras regulares, para entre todos, mover el piano de cola en diversas direcciones-con la pianista aún sentada en la banqueta, y ubicarlo debajo de un foco de luz que alumbrara la partitura. Yo me imagino que cuando el luminito llegó a su cabina ya el público había resuelto el problema, regresado a sus butacas y esperaba presto y concentrado el disfrute de la música de nuestro tiempo.

Pero sí ha habido artistas serios que intentaron sus performances en el marco de conciertos tradicionales. Cuando la caída del muro de Berlín era yo sonidista de un grupo de música eletrocústica mixta, tocábamos repertorio venezolano especialmente compuesto para nosotros, así como Sequenzas de Berio, Tierkreis de Stockhausen y otros repertorios serios. Mientras me ocupaba yo de ajustar los micrófonos a los ejecutantes de la siguiente obra, notaba yo que ellos con la mirada me hacían señas, y era que Eduardo Kusnir, compositor argentino que vivió años en Venezuela, se arrastraba por la pared de atrás del escenario y decía versos relacionados con un muro, haciendo referencia al evento reciente de la caída del muro de Berlín. Un happening, uno de verdad, una improvisación teatral haciendo gala de los recursos y ambiente de un concierto de música tradicional. Como ven sí hubo escuela en Venezuela.

En un más reciente concierto del clarinetista Mtro Luis Rossi en Caracas, en la quinta Anauco, hermosa sala situada en la casa de la familia Bolívar, lugar ideal para el encuentro de la música de cámara, pero pequeño, donde el público queda realmente cerca del intérprete. El Mtro Rossi nos presentaba un programa latinoamericano y a un señor en la primera fila le iba gustando mucho el concierto y decidió entonces conversar con el Rossi mientras él tocaba. Aprovechaba sin duda los silencios del clarinete, entre movimientos para dirigirle la palabra más directamente. En un primer instancia se vió a Rossi un poco tenso, pero sin duda que a los pocos minutos apreció esta oportunidad de happening que Venezuela le estaba obsequiando y procedió a relajadamante interactuar con dicho señor.

La ópera, el teatro instrumental, las nuevas tecnologías, todo presente en el montaje de los siete pecados capitales de Kurt Weill, dirigida por Rugeles para la temporada de ópera breve del Ateneo de Caracas en la sala Ana Julia Rojas. Montaje lleno de dramatismo, todo en negro, oscuro el escenario, la orquesta en un andamio en la parte de atrás, y todo a media luz. Muy inteligente la decisión de proyectar discretamente en una pared lateral el texto en castellano, a falta de sistema de subtítulos, para seguir la acción, textos montados en un power point, del sistema Office de Microsoft. Transcurre la obra, la tensión sube y en el séptimo pecado capital, La Envidia, quizás porque la tecnología misma es un pecado, se cuelga el sistema de Power Point y se prende en toda la pared aquella temible frase. “Esta computadora se ha colgado y se reseteará en unos minutos”, siguiente cosa se inicia el proceso de reseteo y pantallas azules, mientras tanto la acción continuaba. Como público nos debatíamos entre el sufrimiento de Ana y su familia y el sufrimiento del técnico que manejaba la computadora. No contenta con esto la computadora encontró que como se había cerrado de repente ella debería desfragmentarse, cuadrito a cuadrito, y Ana lloraba desconsolada en escenario, la acción continuaba implacable. Momento máximo de tensión donde sufríamos mano a mano todos aquellos que hemos usado computadoras en espectáculos y los aficionados a la obra de Weill, el técnico nos libró de dolor interviniendo y ante mi gran sorpresa, metió su clave (que también le pidió la computadora) reinició Power Point y logró encontrar el lugar del texto por donde iba Rugeles y su elenco, no sin antes haber desfilado a velocidades extraordinarias por el todo texto de la obra, en un concepto polirrítmico, politémpico de superposición de la acción visual contra la acción cantada, propia de las modulaciones métricas de Elliot Carter. Lo mejor fue la pregunta de Rugeles tras camerino: ¿qué ocurrió hoy que no logré la tensión en el momento de La Envidia, dónde fallé? ¿Por qué sentí al público distraído y desconectado?

Pero a mi la vida me castigó por haber referido tantas veces esta última historia y en un evento que yo coordinaba de video en San Antonio de Los Altos, en el marco del Festival de Música Latinoamericana, mi propio video se detuvo sin explicación, sin posibilidad de reiniciar la máquina, no me quedó otro que divertirlos con otras anécdotas de situaciones semejantes. Espero ya haber expurgado el pecado capital de disfrutar de un happening en un concierto serio!!

Pero en mi historia de disfrute pecaminoso del happening en nuestro pais, el mejor de los montajes a mi juicio ha sido en el año 2006, que nos trajo a Venezuela Jorge Isaac, flautista dulce venezolano por años radicado en Holanda, su espectáculo OMONIA, donde una de las obras, un poco macabra, trataba sobre un cocinero que descubría que su sangre era el mejor condimento para sus recetas. Para esta obra Jorge tenía preparado su entorno digital usual: sensores, computadoras, luces, videos, realmente el espectáculo prometía. Esto se estaba presentando en la Universidad Simón Bolívar, como parte de las actividades del entonces recién fundado “Laboratorio Digital de Música” que actualmente dirijo. El montaje era complicado, estuvimos a primera hora de la mañana en la sala chequeando los más mínimos detalles. El atuendo de Jorge era original, un delantal de cocina de varios bolsillos donde guardaba sus flautas, las cuales iba cambiando a medida que la obra iba progresando. Claro que hubo algo que nunca ensayó, ni me dijo que haría, pero claro! Era algo muy sencillo, simplemente él traería una cacerolitas, en las cuales prendería unas piedritas de incienso de manera que se produjera humo y así simular la cocina en el espectáculo. “Tú crees Adina que los bomberos protesten?” No creo, es solo incienso. Pues bueno! El espectáculo desplegaba todo su virtuosismo en el uso de las nuevas tecnologías, siendo esta la obra de cierre, cuando Jorge prende los inciensos, el humo sube hacia los telones superiores del teatro y desafortunadamente resulta que allí dormían placidamente unos murcielaguitos, nada de que preocuparse, seres indefensos que seguramente lo que comían era fruta, pero no les gustó el incienso y en pleno espectáculo salían de los entretelones de la parte superior y planeaban hacia el público en picada, evitando tocarlos en último minutos, cuando daban vuelta y regresaban al escenario para volver en picada hacia los oyentes. De todo el montaje del concierto eso fue la parte más original, comentaba el público, los murciélagos se integraban al concepto de la obra: sangre y muerte. Yo no sabía si reír o estar muy seria para pedirle a Jorge las excusas correspondientes, lo que sí se es que este happening ha sido el mejor en muchos años, murciélagos incluidos y para mi, otro pecado más.

Los hechos aquí narrados no son ficticios. La autora no admite responsabilidad sobre cualquier coincidencia con repertorio de performance o happening del siglo XX o XXI.

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