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¡Tremenda manera sinfónica de gozar!

Roberto Valera
03-06-2006 10:59 am

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

¡A gozar con la Sinfónica, cómo no y de qué manera! En los asientos, en los pasillos del Amadeo Roldán, era perceptible el escobillado de los pies, el rumor de gestos en movimiento. En los atriles, los mismos músicos marcaban el contagioso ritmo con el cuerpo; en el podio, el director no se resistió a echar un pasillo entre una y otra orden de la batuta.

Contundente demostración de alta, popular y recia cultura fue la del concierto de la Orquesta Cubadisco y la charanga eterna de la Aragón, en una de las noches memorables de la X Feria Internacional del Disco.

Su principal hacedor, el maestro Roberto Valera, uno de los más consistentes compositores de la vanguardia musical cubana de la segunda mitad del siglo pasado, confesó que la idea de reunir a la Aragón con la agrupación que bajo el nombre de Cubadisco integra músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional y otras instituciones de la capital, surgió hace meses cuando nuestro colega Omar Vázquez le trasladó el proyecto de una serie de conciertos que debían homenajear a las huestes de Rafaelito Lay en Venezuela.

De aquello no se habló más pero los organizadores de Cubadisco 2006 acogieron la iniciativa no solo para significar el hondo anclaje de la Aragón en la cultura musical de nuestro país, sino también para evocar al pionero de estas lides en el evento, el maestro Manuel Duchesne Cuzán, quien en el 2003 realizó el primero de estos trascendentales conciertos que rompen los esquemas de lo culto y lo popular.

Valera se quedó corto al decir que la función sinfónica en las orquestaciones que él mismo realizó se remiten a la estructura del concerto grosso tan caro a la escuela barroca europea: cuerdas y alientos en calidad de ripieno y la Aragón como un grupo concertino. La complementación integradora de ambos elementos se fundió en una espiral ascendente de sorpresas sonoras, que alcanzó su elaboración más acabada en las versiones de Sabrosona y El trago, fértiles creaciones de Rafael Lay y Richard Egües, quienes, por cierto, constituyeron pilares en la plasmación del repertorio clásico por parte de la Orquesta Popular de Concierto, dirigida por el maestro Alfredo Diez Nieto.

Mucho también se gozó, desde diferentes perspectivas, con las restantes propuestas del programa, desde esa majestad que marca con fuego los ardores de la identidad en La bella cubana, de José White hasta el Cha cha chá presuntamente dodecafónico y seguramente postmoderno que le encargó alguna vez Duchesne a Valera, entendido y ovacionado con creces, pasando por la instancia mozartiana de la Sinfonía no. 40, de clásica perfección.

Días antes de este concierto, circuló una invitación que decía: "A gozar con optimismo / que en tremendo vacilón / con la orquesta Cubadisco / concertará la Aragón". Lo dicho no fue simple anzuelo: Cubadisco y la Aragón, Valera mediante, dejaron en el público el infinito sabor de las buenas obras.

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