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Por una opera in situ, manifiesto la intención, cuido la expresión

Boris Alvarado
10-06-2012 6:03 pm

Por una parte, hablar de una opera nueva incumbre a los problemas de la naturaleza y quisiera hacerlo como una metafora de pájaros…si me permiten, así, nos vamos revelando en lo sucesivo, en la voluntad propositiva del tiempo cronológico que siempre tiene que tener un para qué. Eso que va pasando..pasa, y al ir pasando desaparece lo de antes y aparece algo nuevo, también el tiempo de la propia dimensión humana. El canto de las aves no tiene en sí nada que pase, y, al mismo tiempo, en él está todo presente.

La teatralidad, esto es para mi la consideración de la nueva opera, implica un sujeto que mira y un objeto mirado y supone que el objeto - lo mirado- es concebido como ficción por el sujeto que mira -el espectador-. Es un fenómeno en que el acto de representación requiere no sólo del sujeto espectador, sino que este sujeto, entienda el objeto mirado como ficción, como una representación. De esta manera, la dinámica de la teatralidad es el ritmo de tensiones que se producen por los intervalos que ocurren entre lo que uno ve, y lo que uno percibe como oculto, aquello que la obra revela. El liberarse de un única forma de percepcion de cada elemento que corporiza la obra escénica forma el plano material de la representación, apunta a transformar al espectador en el protagonista de esta aparente realidad.

Asi podemos viajar y deambular por la experiencia de estar suspendido en el tiempo que se manifiesta en esa acción de sincronía que interrumpe la diacronía del mero tiempo transeúnte. Puede que ello nos permita formar parte de esa extraña dimensión del tiempo que nos ofrece la opera-teatro, una manera posible de llegar a rozar la mirada de lo sagrado.

Desde el primer instante de una obra, se suspende lo sucesivo, se suspende la incredulidad y el alma abandona el tiempo porque de algún modo se recoge en lo invisible. No es una secuencia de causalidades, sólo cabe, para quien los escucha percibir la presencia de un momento que se parece a la eternidad.
Esta forma la entiendo como parte de la teatralidad, que para ustedes la definiría como un teatro menos el texto, como un espacio de sombras.
Es, una espesura de signos y de sensaciones que se edifica sobre el escenario a partir del argumento constructivo, es una especie de percepción ecuménica de los artificios sensuales, gestos, tonos, distancias, sustancias, luces que sumerge al texto bajo la plenitud de su lenguaje exterior.

En los pájaros, sus gestos nos invitan a leerlo como un texto, significa saborear sus articulaciones y tipologías sin la obligación de recorrerlas de principio a fin. Congelar un espacio y adentrarse en él, en su estructura medular hasta ver que en los rostros se dibuja lo tranquilo; repetir un gesto con la mano, o el baile o un improvizado instrumento, coordinar un momento vertical u horizontal y quedarme allí; en fin, detenerme en un paisaje e inventar las experiencias que me permita entender la existencia de un lugar de manera premeditada.
De esta manera desaparecen los determinismo y las formas prefijadas haciendo de la vida y, por lo tanto, de la creación un lugar no solamente infinito sino libre.

Luego, la obra termina y el hombre vuelve a su tiempo, vive en el tiempo y hasta como tiempo. Entonces otra forma de percibir el tiempo aparece.

Se produce aquí algo así como una paradoja de la escritura, la que pretende siempre decir o connotar, pero aquello que connota no siempre se subordina a la significación de los signos que se emplean y que luego deviene en un tiempo impredicible, una escritura del tiempo irracional en el cual el proceso es el tiempo que tiende siempre a desbordarse, tiende a escurrirse de la medida. El tiempo parece escaparse del tempo. La teatralidad es una maquinaria que hace visible unas cosas y oculta otras, pero lo importante no es la imagen final producto de la representación, sino el funcionamiento del propio mecanismo, puesto de manifiesto en el espacio (escénico) en el que opera la obra. En el mismo funcionamiento radica su sentido, el sentido de la realidad representada.

Con ello, la unidad de tempo, tan fundamental para concertar sincronizadamente a los interpretes, se relativiza desconcertandolos en el sentido de que ya no es un solo tempo que ocurre en un solo momento. Es una música como torrente que recorre y fluye de manera acotada. Un río de tiempo que tiene la particularidad más bien de convertirse ahora en una politemporalidad, y así nos vamos desdoblando.

Así el trabajo, al centrar su mirada en el gozo comunitario expresado en el entendimiento de todos nosotros, hace que la composición abandone su tradicional estatus de dominio privado y particular, y se torna accesible a quienes lo viven en la cercanía. Entonces, ya no se practica la composición como un saber, sino como un ejercicio permanente del querer entenderse.

Volviendo, el canto de las aves y para finalizar, ellas no tienen en sí nada que pase de relevante, y, al mismo tiempo, en él está todo presente. No es una secuencia de causalidades, sólo cabe, para quien los escucha el percibir la presencia de un tiempo que se parece a la eternidad. Hallamos en ella, algo leve, extrañamente familiar, nos acoge, nos visita y nos lleva para vivenciar el fenómeno del tiempo que se hace presente en el canto de los pájaros, un tiempo en que está todo entero.

Si el canto de las aves no es causal, significa que no hay transformación, que no hay gestualidades que al ir pasando traigan algo nuevo. El canto de las aves es un presente abierto hacia un futuro que nunca llega y a un pasado que nunca pasó.

Dr. Boris Alvarado
Compositor
Instituto de Música PUCV

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